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  • Sergio Saad

APNEA

Actualizado: ene 16

El Laser más pesado. El que se llena de agua. El que pronto van a dar de baja. Ese fue el barco que me dieron para hacer la clase de prueba. La primera clase del curso de Laser, es una selección. El instructor determina quiénes lo pueden hacer. Evalúa el tiempo de recuperación de la embarcación, reflejos y resistencia física.

Se anotan hombres y mujeres entre 18 y 36 años.

Había navegado en monotipos muy poco tiempo, cuando tenía 16 años. Antes, había hecho el curso de timonel. Tenía 15. Un curso para mayores, que me permitió comandar barcos grandes. Siempre me pregunté para qué hice el curso de timonel a los 15, si no lo necesitaba. Fue un curso con instructores durísimos, en su mayoría marinos retirados. Cuando lo terminé, navegué en muchos barcos. Como capitán o tripulante. En crucero o regata. Hasta el accidente... Después del accidente, me quedé con las ganas de seguir navegando en monotipos. Por eso el Laser. Una asignatura pendiente.

Mi instructor actual, el que me estaba evaluando, es un oficial de marina en actividad que se llama Miguel. A Miguel lo suspendieron en el club, porque volvía con socios lastimados (pero felices, como decía él). Su forma de enseñar era muy drástica: siempre al límite. En un curso de perfeccionamiento, con 28 nudos de viento, nos quiso explicar cómo se sube un "hombre al agua" a un barco de 34 pies. Me pareció demasiado teórico, así que sin avisarle "seguí su escuela" y me tiré para que llevé adelante el rescate. Le costó... Pero aquí estoy. Estimo que fue por eso, que me tiene cierto respeto. De ahí que me haya permitido esta clase de prueba. Tengo 55.

Subí al Laser desde el gomón y antes de navegar 100 metros, lo tumbé. Es un barco muy liviano, más liviano que yo. Además, soplaban 14 nudos con rachas muy fuertes. No es mucho viento, pero para una primera vez es suficiente. Además, estoy un poco oxidado.

Cuando lo tumbé, 39 años se me vinieron encima. La última vez que había tumbado tenía 16 años, fue en la salida del puerto. Era un barco de madera, de una clase que se llamaba Fireball. El Fireball era el antecesor de la clase olímpica 470, tenía trapecio. Me había invitado a navegar el suizo, que se la daba de gran timonel. Fue como salir con un F1, a dar una vuelta al centro. Con mucho viento y poca agua, saliendo del puerto con sudeste; apenas cargó la racha me colgué del trapecio para nivelarlo, pero lo tumbamos.

Quedamos en el peor lugar, el peor día. Al lado de las piedras.

El barco acostado. El suizo y yo en el agua.

No lo podíamos adrizar. El palo estaba debajo de la superficie. Entonces pasé del otro lado, y empecé a hacer fuerza para subirlo desde el tope. Me sumergí y pisé el fondo de barro. Sin darme cuenta, me enterré. Retuve el aire, creí que iba a ser por unos segundos, pero cuando quise volver a la superficie, no pude. Las botas estaban trabadas en el fondo.

Eran botas Topper amarillas. Clásicas por aquellos años.

Quedé con la cabeza apenas saliendo a la superficie. Empecé a tragar agua. Cerré la boca. No podía respirar. Empecé a alucinar. Vi a mi abuelo. Mi abuelo querido, en Rodas, cuando era un pibe de la calle al que los turistas le tiraban monedas al agua, en el puerto, para que él las buceara. Mil veces me contó su miedo de que se le acabara el aire para volver a la superficie. Mil veces me desperté ahogándome, como si hubiera sido yo, a quien no le alcanzaba el aire para volver a la superficie. Ahora podía sentirlo.

Estaba agarrado del palo; tratando de subir. Pero nada. Trataba de sacar la cabeza y apenas podía respirar. Estaba atascado en el barro. Mientras, el suizo se colgaba de la orza del otro lado del barco, sin saber lo que estaba pasando conmigo.

Vaya uno a saber cómo, entre la fuerza que estaba haciendo el suizo; la mía, tratando de salir a flote, y tal vez la vela que cargó una racha, el Fireball se adrizó. Agarrado del mástil como estaba, subí con el barco. Y zafé.

Pero una Topper amarilla quedó en el barro.

Esa fue la última vez que tumbé. Tenía 16 años. El club no nos permitió volver a salir solos. Además, tuve miedo. Esa había sido la última vez que navegué en un monotipo.

Lo pude recordar todo. En detalle. Durante esos instantes que estuve sumergido pasando al otro lado del Laser, rápido, enseguida; para que no dé vuelta de campana y el palo toque el fondo. Tenía que recuperarlo. Esos instantes bajo el agua, revivieron esa rara sensación de estar a punto de morir, que sentí durante 39 años.

Pero aunque parezca increíble, ahora lo estaba disfrutando.

En el agua, sentía frío como aquella vez, pero ahora era refrescante. Era como estar de nuevo a la salida del puerto. Temblando, pero feliz. Aunque ahora no estaba trabado en el fondo, sentía el barro. Tranquilo. Gozaba el momento. Fue reparador.

Llegué hasta la orza del otro lado, hice fuerza y me colgué. Adricé el Laser, subí y salí navegando con velocidad. Como si nada hubiera pasado.

Estoy navegando de través. Sopla más fuerte. El barco deja una estela, que parecen olas. Me cuesta sostenerlo. Sé que si la botavara toca el agua, salgo volando. Estoy planeando. El reach del Laser es impresionante. Nunca sentí algo así. Me relajo. Disfruto. El gomón, a máxima velocidad, no puede alcanzarme.

-Tuve suerte...- dije en voz alta, mientras filaba y desaceleraba.

El gomón se acerca y me golpea en la popa, viene el recambio. Somos tres tripulantes que alternamos en el barco. Ahora le toca a Pedro, que podría ser mi nieto. Cuando estoy en el gomón, Miguel no me habla. Pensé que era porque no sabía como decirme que me había quedado afuera. Era lógico. Ariadna, una bella compañera, me grita por encima del ruido del motor:

-Cuando tumbaste perdiste tu...- dándome una bota Topper amarilla embarrada, vieja y sucia, que reconocí enseguida. Pero se calla cuando ve que tengo puestas mis zapatillas de neoprene. Entonces, la va a tirar al agua. Agarro la Topper amarilla casi en el aire. Y con tono casi paternal, le explico que la basura hay que recogerla y tirarla en tierra. Ella me contesta con una mirada que podría haber sido un insulto.

Estaba flasheado: el cansancio por la navegada, la aparición de esa vieja Topper amarilla y Ariadna. Demasiado para mis 55.

Cuando llegamos a la rampa, Ariadna se adelantó para buscar el trailer del Laser. Miguel no me dijo nada, así que ya daba por descontado que no iba a haber curso de Laser. Estaba un poco triste, pero se confirmó lo evidente. Además estaba cansado, muy cansado. Cuando llegamos había muchas olas y poca agua, una combinación peligrosa para el barco, así que lo hice firme en la boya y esperé a que Ariadna trajera el trailer. Los dos teníamos el agua por la cintura. Cuando me dio el trailer, antes de ir a tomar el barco por la popa; me dio un beso. Sin motivo. Sin sentido. Delante del que pudiera ver. Y totalmente fuera de lugar. Loca.

-Quedate tranquilo que vas a entrar...- me dijo.

Aunque parezca increíble, entré al curso; hoy estoy navegando en Laser.

Cuando fui a tirar la bota, ya no tenía ninguna duda que era mi vieja Topper amarillla, me pareció que había algo adentro. Cuando la dí vuelta cayó una moneda. Brillante, nueva.

Un franco suizo dorado.

-Abuelo...- dije en voz baja.

...

¿Y Ariadna?... Primero, fue compañera en el curso. Amante, después. Hoy es mi esposa.

Todavía tenemos el franco suizo de oro.

Es de los dos.

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