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  • Sergio Saad

APNEA

Actualizado: 15 may

El Laser más pesado. El que se llena de agua. El que pronto van a dar de baja. Ese fue el barco que me dieron para hacer la clase de prueba.

La última vez que había navegado en monotipos, fue cuando tenía 16 años. Tuve un accidente. Me asusté tanto que abandoné la náutica por varios años.

Navegué en barcos grandes, pero jamás en monotipos.

Hoy, 35 años después, voy a intentar volver.

Mi instructor, el que me está evaluando, se llama Miguel. A Miguel lo suspendieron en el club, porque volvía con socios lastimados (pero felices, como decía él). Su forma de enseñar era muy drástica; siempre al límite. En otro curso, con 28 nudos de viento, nos quiso explicar cómo se sube un hombre al agua a un barco de 30 pies. Me parecía demasiado teórica su explicación, así que "seguí su escuela" y me tiré al agua para que llevé adelante el rescate. Le costó... Pero aquí estoy. Estimo que por esa razón, me tiene cierto respeto y permitió esta prueba. A los 52.

Subí al Laser desde el gomón; y antes de avanzar 100 metros, lo tumbé. Caí al agua. Es un barco muy liviano, más liviano que mi propio peso. Soplaban 15 nudos con rachas fuertes. No es mucho viento, pero para una primera vez es demasiado.

Además, estoy bastante oxidado.

En el agua, 35 años se me vinieron encima. La última vez que había tumbado tenía 17 años, fue en la salida del puerto. Era un barco de madera, de una clase que se llamaba Fireball. El Fireball era el antecesor de la clase olímpica 470, tenía trapecio. Me había invitado a navegar el suizo, que se la daba de gran timonel. Fue como salir con un F1, a dar una vuelta al centro. Con mucho viento y poca agua, saliendo del puerto con sudeste; apenas cargó la racha me colgué del trapecio para nivelarlo, pero lo tumbamos.

Quedamos en el peor lugar, el peor día. Al lado de las piedras.

El barco recostado. El suizo y yo en el agua.

No lo podíamos adrizar. El palo estaba debajo de la superficie. Entonces pasé del otro lado, y empecé a hacer fuerza para subirlo desde el tope. Me sumergí y pisé el fondo de barro. Sin darme cuenta, me enterré. Retuve el aire, creí que iba a ser por unos segundos, pero cuando quise volver a la superficie, no pude. Las botas estaban trabadas en el fondo.

Eran botas Topper amarillas. Clásicas por aquellos años.

Quedé con la cabeza apenas saliendo a la superficie. Empecé a tragar agua. Cerré la boca. No podía respirar. Empecé a alucinar. Vi a mi abuelo. Mi abuelo querido, en Rodas, cuando era un pibe de la calle al que los turistas le tiraban monedas al agua, en el puerto, para que él las buceara. Mil veces me contó su miedo de que se le acabara el aire para volver a la superficie. Mil veces me desperté ahogándome, como si hubiera sido yo, a quien no le alcanzaba el aire para volver a la superficie. Ahora podía sentirlo.

Vaya uno a saber cómo, entre la fuerza que estaba haciendo el suizo del otro lado del casco; la mía, tratando de salir a flote, y tal vez la vela que cargó una racha, el Fireball se adrizó. Agarrado del mástil como estaba, subí con el barco. Y zafé.

Pero una Topper amarilla quedó en el fondo, atascada en el fondo de barro.

Esa fue la última vez que había tumbado. Tenía 17 años. Tuve tanto miedo que dejé la náutica por varios años. Esa había sido la última vez que habia navegado en un monotipo.

Lo pude recordar todo mientras estaba sumergido, al lado del Laser recostado. Estar en el agua, había revivido esa rara sensación de estar a punto de morir que sentí durante 35 años.

Reaccioné. Pasé por debajo del casco y llegué hasta la orza del otro lado. Me colgué. Adricé el Laser, subí, me acomodé y salí navegando como si nada hubiera pasado.

Con velocidad.

Después de unos minutos, empezó a soplar más fuerte. El barco dejaba una estela que parecían olas. Me cuesta sostenerlo. Si la botavara toca el agua, literalmente, salgo volando. Planea. El gomón, a acelerando a fondo, no puede alcanzarme.

Cuando lo veo, comienzo a bajar la velocidad.

-¡Tuve suerte!...- grité.

El gomón golpea en la popa del Laser. Viene el recambio. Somos tres tripulantes que alternamos en el barco. Ahora le toca a Pedro, que podría ser mi nieto. Cuando estoy en el gomón, Miguel no me habla. Pensé que era porque no sabía como decirme que me había quedado afuera del curso. Era lógico. Por otra parte Ariadna, una bella compañera, me grita por encima del ruido del motor:

-Cuando tumbaste perdiste tu...- dándome una bota Topper amarilla embarrada, vieja y sucia, que reconocí enseguida.

Pero se calla cuando ve que tengo puestas mis zapatillas de neoprene. Entonces, la va a tirar al agua. Agarro la Topper amarilla casi en el aire. Y con tono casi paternal, le explico que la basura hay que recogerla y tirarla en tierra. Ella me contesta con una mirada que podría haber sido un reverendo "fuck you".

Estaba flasheado: el cansancio por la navegada, la aparición de esa vieja Topper amarilla y Ariadna. Demasiado para mis cincuenta y tantos.

Cuando llegamos a la rampa, ella se adelantó para buscar el trailer del Laser. Por mi parte, daba por descontado que no iba a haber curso. Estaba un poco triste, pero se confirmó lo evidente. Además estaba cansado, muy cansado. En la rampa había muchas olas y poca agua, una combinación peligrosa para el barco, así que lo hice firme en la boya y esperé a que Ariadna trajera el trailer. Los dos teníamos el agua por la cintura. Cuando me dio el trailer, antes de ir a tomar el barco por la popa; me dio un beso. Sin motivo. Sin sentido. Delante del que pudiera ver. Y totalmente fuera de lugar. Loca.

-Quedate tranquilo que vas a entrar...- me dijo.

Aunque parezca increíble, tenía razón. Entré al curso. Hoy navego en Laser.

Cuando fui a tirar la bota, ya no tenía ninguna duda que era mi vieja Topper amarillla, me pareció que había algo adentro. Cuando la dí vuelta, cayó una moneda. Brillante, nueva.

Un franco suizo de oro.

-Abuelo...- dije en voz baja.

...

¿Y Ariadna?... Primero, fue compañera en el curso. Amante, después. Hoy es mi esposa.

Todavía tenemos el franco suizo.

Es de los dos.

 

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