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  • Sergio Saad

COMO PASE DE MESSI

Vengo volando desde lejos. Estoy cansado. Con frío. Y dolorido.

El barco está pasando por última vez. Y la bandada se le fue encima. Como hacen siempre...

Alborotados. Desordenados. Siempre detrás de las migajas.

Ninguno sabe cómo agarrar una galleta entera.

Creen que no peleo por las sobras porque no las necesito. Se equivocan, tengo tanto hambre como ellos. Lo que no perdí es la dignidad. Además, con unas pocas migajas voy a seguir teniendo hambre, arriesgo la vida y les doy el gusto de servir para la foto. A cambio de nada.

El fotógrafo ya le pidió al chico que subiera al descanso de la escalera. Y le dio la galleta.

Hice un esfuerzo supremo para acelerar. Y alcanzar el barco. Tuve que esquivar a varios de mis compañeros. Ambiciosos y torpes. Cuando por fin me acerqué al barco, sincronicé mi vuelo con la velocidad de navegación. Consideré la medida en que el barco subía y bajaba por las olas. Sentí el viento y calculé el desvío lateral que sufría.

Repasé todo por última vez. Estaba listo. Miré al fotógrafo.

Mi viejo amigo, con su vieja cámara, todavía me tenía paciencia.

Había un solo problema, que se presentaba casi siempre y solo quedaba esperar. No sabíamos el momento en que el chico... ¡Iba a dejar de temblar!

-Demasiadas cosas...- pensé. Demasiadas.

Las otras gaviotas estaban preocupadas. Sabían que yo no estaba en mi mejor estado; y si fallaba podía terminar llevándome, en lugar de la galleta, un dedo de la criatura. Como le había pasado a... Y nadie quiso gaviotas cerca del barco por un largo tiempo; así que chau galletas. Y chau sobras.

-Vamos a lo seguro.- decían. -Dejate de joder... y aceptá lo que te den... ¡ya no estás para estas cosas!.-

-Sos de otra época.- me gritaban.

Pero no tenía que pensar en eso, mientras estaba volando.

-Por favor concentrate.- rezaba en voz alta -Por favor...-

El chico de repente dejó de temblar. Levantó la mano con la galleta entera. Parecía contento.

El fotógrafo me hizo una seña. Y bajé. Bajé casi en picada.

Antes, disfrutaba de la caída. Del vértigo. Disfrutaba del aplauso y la ovación cuando me llevaba la galleta. Limpia. Entera. Después, un vuelo rasante para la hinchada. Que bramaba.

¡La admiración de mis compañeros! Entonces, compartía con ellos el botín...

Todo eso me llenaba. Me hacía sentir vivo.

Ahora no. Solamente tenía hambre.

Cuando me elevé llevándome mi comida, todavía veía la cara de felicidad del chico. Me había mirado a los ojos, feliz, confiado. Incluso sabiendo que se podía llegar a mover, lo usé de punto fijo para calcular la caída. En medio de todo eso, escuché que le decía al padre:

-¡Cómo pase de Messi!.-

No sé que quiso decir, ni tampoco entendí, la rara relación entre el mejor y yo; una simple gaviota.

-¿Tal vez por la precisión?....- me quedé pensando. Y me reí.

Me reí por primera vez, en mucho tiempo.

Ese chico me regaló varios años con esa risa.

Y mis compañeros la escucharon.

-Yo, Messi, no...- grité mientras planeaba.

-Tal vez un poco de Maradona.- pensé saboreando mi galleta.

Y me reí de nuevo.

Feliz.

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