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  • Sergio Saad

MEZCLADITA

SOMOS TIEMPO


Hace años que estoy obsesionado con viajar por el tiempo y lo que escribió ese tipo cuadra con lo que pienso. Por eso estoy yendo al hotel en Zárate, con mi escopeta calibre 12, para probar lo que escribió ese porteño: "Como el tiempo es una sucesión de cambios percibidos a través de los cinco sentidos, relacionados con experiencias vividas y articuladas por el deseo, la posibilidad de ir y venir en el tiempo está dada por la pregnancia de esos cambios". Estoy seguro de que es así. Y creo que esta vez voy a conseguir el traslado, porque no hay nada con mayor pregnancia que un disparo de Itaka.


Me llamo Juan Manuel y soy el CEO de una multinacional que maneja estaciones de servicio. Estoy cansado, desilusionado y alienado. Tengo 34. Mi deseo, lo que siempre quise, es ser cantante de tangos. Por eso tengo que saber si las cosas van a cambiar.


Aunque sea un poco.


La interpretación del texto por parte de Juan Manuel fue libre. El post SOMOS TIEMPO planteaba que la percepción simultánea a través de los cinco sentidos, necesariamente se vinculaba con experiencias vividas que generaban hitos temporales, mediante los cuales el individuo podría desplazarse. Pero Juan Manuel subió la apuesta y agregó lo que él llamaba un SHOT, es decir un estimulo adicional que potencie el conjunto de sensaciones y asegure el traslado.


Juan Manuel pensaba en dispararse.


Por eso, cuando Juan Manuel llegó solo a la habitación de la cadena norteamericana de hoteles, espacio que habitualmente ocupaba con sus amantes, se sirvió un whisky doble porque ese era el gusto que quería tener al momento del traslado. Como sonido eligió el del disparo aunque también puso "Mano a mano", su tango favorito. Su vista iba a estar concentrada en los ojos del Julio Sosa, impresos en la tapa del long play "Un varón del tango". El olor iba a ser la pólvora del disparo. Con respecto al tacto, iba a poner su mano en el interior del cajón de la cómoda, siguiendo esa vieja tradición de "tocar madera".

No quería que nada fallara.


Y por supuesto, el SHOT iba a ser la perdigonada en el hombro.


-¡Vaaamos Juanma!...- gritó. Y disparó.


La percepción conjunta fue inmediata: el whisky, la imagen de Julio Sosa, el sonido del disparo, el olor a pólvora y el terrible dolor que le produjo la herida en el hombro; se instalaron en su mente en forma simultánea. Apareció el recuerdo más feliz de su vida: su propia imagen cantando en un karaoke de Buenos Aires. Guiados por el deseo, sus cinco sentidos lo llevaron a la costanera de Quilmes, a un bar de chapas.


Ahí se encontró Juan Manuel, tres años después. Había funcionado.


Lo despertó el sonido de la música colombiana. Estaba tirado en un catre, adormecido, con un fuerte dolor en el hombro, que le llegaba hasta el pecho. Un señor mayor, entró en la pieza y le dijo:


-Fino.... te toca a vos.-


Aturdido, Juan Manuel no entendió. Después vino una joven llamada Elisa que lo tomó de la mano:


-Vamos Juanma... levantate.-


"El Fino" le hizo caso, se refrescó la cara en una piletita que había al costado del catre y se acicaló con el peine del hotel, que todavía llevaba en el bolsillo. Se dio unas palmaditas en la cara y salió al ruedo.


Sorprendido, se encontró con una multitud. Juanma no lo podía creer.


Subió a un escenario precario, hecho con tambores de quinientos litros y tablones de madera. Frente a él, un playón lleno de mesas iluminadas con velitas dentro de botellas de agua mineral. Todas ocupadas. Los faroles de kerosene, colgados en cañas, generaban un clima muy particular. Raro. Todo muy raro. Pero Juanma estaba fascinado.

Lo que siempre había querido., lo que siempre había soñado, estaba ahí.

Era eso.


No dudo ni un instante. Con un dolor de cabeza insoportable, el hombro que le ardía y el pecho acalambrado; agarró el micrófono y empezó a cantar.


Como si siempre lo hubiera hecho.


'A media luz' ...

'Cambalache' ...

'El choclo' ...

'Malena' ...

'Por una cabeza' ...

'Volver'...


Y cerró con "Mano a mano".


Si bien su público esperaba algo más movidito, igual los cautivó.


Hubo tantos aplausos que tuvo que repetir 'Mano a mano', su tango favorito.


En el interín, la parrilla no daba abasto. Se comian morcipanes y choripanes. De vez en cuando una bondiolita. Y para los más delicados, sandwiches de vacío con lechuga y tomate. Mientras algunos bailaban, Juanma seguía cantando.


Estaba feliz.


Se le habían ido todos los males. Las chicas paseaban por las mesas riendo y volcando el contenido sobrante de los vasos en una olla gigante. Le echaban hielo, revolvían y lo volvían a servir con un cucharón.


-Mezcladita para todos.- gritaban.


Entusiasmado como estaba, Juan Manuel tomó a Elisa de la cintura y la quiso besar. Elisa le dio un soberano cachetazo que sumado al sabor de la mezcladita, el olor de los chori en la parrilla, la vista de un público tan variado y el ruido ensordecedor del acople del micrófono, generaron el conjunto de percepciones necesario, pero no suficiente, para otro traslado temporal. Fue el novio de Elisa, el parrillero, quien le aplicó un contundente SHOT en la cabeza con la pala que usaba para el carbón; devolviéndolo al hotel en Zárate tres años antes.


Juan Manuel estaba en lo cierto, el SHOT era necesario.


-La noche no tiene cuna...- le dijo a su padrino cuando abrió los ojos en la habitación del hotel.


Estaba atontado y con el hombro destrozado.


El padrino de Juan Manuel estaba asustado. Vio el charco de sangre con la Itaka en el piso y se dio cuenta de lo que había sucedido. Juanma era el hijo que nunca tuvo. Su sucesor natural. Habría que haberlo sacado del negocio, hacía años. Estaba agotado. Fulminado. Sabía que no iba a aguantar... De hecho, no aguantó.


El padrino no dejó entrar a nadie en la habitación, excepto a su guardaespaldas. Convinieron que iban a darlo por muerto. Así que lo sacaron del hotel en una unidad de traslado para cadáveres.


Publicaron en los diarios que Juan Manuel se había amasijado. Eso le dijeron a su esposa. A los socios extranjeros. A todos.


Lo cierto es que el padrino no lo mandó a las Seychelles, ni a Panamá. Lo guardó en una de sus estancias. En Magdalena, en la costa del Río de la Plata. Ahí Juan Manuel se recuperó de la herida en el hombro. El pecho le dejó de doler. Después de un tiempo, empezó a salir de noche. Comenzó a frecuentar Atalaya, Punta Indio, Berisso. Y la costanera de Quilmes. En los boliches, de a poco, lo fueron conociendo y se fue animando a cantar.


Un tanguito o dos.


Después de un par de años ya era un clásico en los chaperíos de la costa que sirven mezcladitas y choripanes. El público lo bancó desde el principio.


Lo llamaron "El Fino". Aunque Juanma siempre fue uno más.


Y por supuesto; jamás le faltó el respeto a ninguna sirena del Río de la Plata.


Son bravas.

 

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