Buscar
  • Sergio Saad

PATITO

Iba caminando por Puente Alsina.

Estaba cruzando el puente, de Capital a Provincia. Llevaba mi cámara de fotos.

Me paró la policía.

Cuando me detuve a mirar el Riachuelo, con idea de hacer una toma, ví que a lo lejos una mujer policía me gritaba y hacía señas. Detrás de ella, venía otro uniformado. Sin pensar que me estaba señalando a mí, seguí mi camino. Pero pocos metros más adelante, llegó la mujer policía jadeante, con la mano en la pistola que llevaba enfundada en el pecho. Apenas podía hablar. Me preguntó si no había escuchado el "Alto". Le dije que sí, pero había pensado que era para los sujetos que estaban caminando adelante mío.

Me preguntó que hacia en el puente. Cuando le dije que iba a sacar unas fotos, me ordenó que le mostrara la cámara. Siempre con la mano en la pistola que llevaba en el pecho, en una funda del chaleco antibalas. Entonces le mostré mi cámara guardada en el estuche que llevaba en la cintura y se relajó. Le dijo al suboficial que la acompañaba, que les pidiera los documentos a los sujetos que iban adelante nuestro. El hombre obedeció y nos dejó solos. Después me dijo que le mostrara que había debajo de mi campera, arriba del estuche donde guardaba la cámara. Concretamente, me preguntó si era panza o droga. Lo dijo riéndose. Yo le pregunté si realmente quería que le mostrara, o era joda; entonces ella sujetó más fuerte la pistola que llevaba en el pecho. Abri el abrigo y le mostré que habia panza y no droga. Cuando abrí el polar, mi camisa desabrochada dejó ver la cicatriz de una herida que empezaba en mi cuello y bajaba. Entonces fue instinto. Puro instinto, la oficial quiso tocarla. Me di cuenta, por cómo la miro. Levantó la mano señalándola, como si estuviera pidiendo permiso. Yo, sin mover una pestaña ni decir una palabra, asentí con la cabeza. Entonces ella apoyó su dedo indice en la herida. Y la recorrió unos centímetros hacia abajo. Después se sonrojó. Pidió disculpas por lo bajo.

Siempre con la otra mano empuñando la pistola que llevaba en el pecho.

-Qué loca que está...- pensé.

Después le dije que tenia miedo, que por favor me acompañara hasta el puesto policial que estaba abajo del puente. No sé por qué le dije eso. No tenía miedo, ni había motivo de peligro para seguir caminando. Pero quería que viniera conmigo. Aceptó. Siempre con la mano agarrando la pistola que llevaba en el pecho. Silencio. Silencio durante esos doscientos metros que caminamos juntos, pegados, conectados, hasta llegar al puesto policial. Antes, pasamos al lado del suboficial que estaba revisando los documentos de los sujetos que iban adelante nuestro, estaban dados vuelta, arrodillados, con las manos apoyadas en la baranda del puente. A unos pocos metros, antes del puesto policial, me aseguré de que no hubiera nadie escuchando y me animé. Fui simple y claro: -¿Podés hoy a las diez acá mismo?...-. Ella me miró seria. Después dijo que sí con la cabeza, se dio vuelta y volvió por donde vinimos. Estaba contenta. En realidad no sé como puedo afirmar que estaba contenta, porque su cara no cambió de expresión y cuando se fue solamente podía verla de espaldas.

A la noche, la esperé en el Café de los Angelitos, justo enfrente del puesto policial. Me pareció mejor ahí, que en un lugar donde pudieran reconocerla sus colegas. Cuando llegó, pude confirmarlo: estaba contenta. Tenía puesta una campera inflada negra que le llegaba por debajo de las caderas. Y calzas negras, también. El pelo enrulado, suelto. Usaba un maquillaje suave. No tenia en claro por que la había invitado. Creo que porque estaba lo suficientemente loca. Y a mí las locas siempre me gustaron: la imprevisibilidad es algo que me fascina. Iba calzada, me lo hizo notar cuando abrió la campera y me mostró el arma que estaba en el bolsillo interior. Creo que la abrió para eso, para que viera que iba calzada. Y también para mostrarme la remera corta que tenía puesta, con un top ajustado debajo. Reaccioné como si siempre saliera con mujeres armadas. Y con tops.

Pasé la prueba.

Entonces fue ella quien me dijo que vayamos a tomar un café a otro lado. También me dijo que fuéramos en su auto. Sin decirme adonde íbamos, agarró por Av. Rabanal y cuando se detuvo en el semáforo, sin pensarlo demasiado, apoyé mi mano en su pierna. Fui suave al principio, después no tanto. Entonces arrancó violentamente con el semáforo todavía en rojo, cruzó Bonorino, se subió a la vereda y entró a la plaza central. Mientras buscaba un lugar donde detener el coche, seguí avanzando con mi mano sobre su pierna.

Me miró seria.

Me llamo Esteban. Cuando empiezo este tipo de situaciones, no sé como terminan. Ella no importa como se llama. Es más joven que yo, mucho más joven.

Estacionó en un lugar oscuro. Apartado. El Corsa no es muy grande, así que con poco espacio y el volante en las costillas, comencé a besarla. Abrí su campera y me encontré con la pistola. La tomé. Y ella me miró agresivamente; pero dejó que sacara el arma para ponerla en la guantera. Se rió. Lo interpreté como una muestra de confianza. Entonces pensé nuevamente: -Está completamente loca...- lo pensé, como si yo estuviera completamente cuerdo. Después comenzó un intercambio intenso. Caliente, desenfrenado. Como dos adolescentes. Como la primera vez que nos vimos, volvió a apoyar su dedo indice en mi herida y la recorrió unos centímetros hacia abajo. Preguntó cómo me la había hecho, no le respondí. Entonces la besó con una dulzura inesperada. Cuando comenzó a desabrochar mi camisa, mirándome fijamente a los ojos, tuvo que detenerse.

Unos golpes muy violentos venían del baúl.

En segundos, nos vimos rodeados de varios pibes y pibas. Estaban por todos lados. Dos pibes de 15 ó 16 años. Y dos pibas más grandes, tal vez de 18 ó 19. También había un tipo de más de 50 años, que gritaba. La piba que daba las órdenes, rompió el vidrio con la empuñadura de un cuhillo. Después nos apuntaron y tuvimos que bajar. En ese momento, me pregunté por qué la mujer policía no trató de recuperar el arma que estaba en la guantera. Después supe que si la identificaban como policía, la hubieran ejecutado.

Hasta ahí, tuvo suerte.

Lo que vino después fue una carniceria.

Nos revisaron. Nos tiraron al piso. Los pibes estaban dados vuelta. El tipo de 50, al que llamaban Patito, estaba borracho. Las pibas se reian, lloraban, jugaban con las armas. La que mandaba me ponía el cuchillo entre las piernas. Yo no sabia que hacer, hasta que dije que en el baúl del auto había merca. Mi compañera me miró asustada por la mentira. Patito fue a ver. Cuando no la obtuvo, me patearon. Me pegaron. Entonces les dije que estaba detrás de la guantera, que habia que desarmarla. Me hacían caso, solamente por el estado en que estaban. Igual fue muy arriesgado. Apuntándome a la cabeza, Patito me acompañó al auto. Cuando me llevaba, pude ver que tenía una cadena con un objeto metálico colgado, que me resultaba familiar pero no podía reconocer de que se trataba. Me dio un golpe con el revólver por mirarlo demasiado. Entonces me di cuenta que era la sortija de una calesita. Creo que la imagen mía, de pibe agarrándola, fue lo que me dio coraje. Cuando abrí la guantera, saqué el arma y sin que Patito la viera venir le disparé dos tiros. El grupo que retenía a la mujer policía estaba a unos diez metros del auto; creyeron que el muerto había sido yo. La mujer policía también lo creyó. Cuando la mina del cuchillo gritó: -Patitoooo...-, y nadie contestó, la mujer policía se la sacó de encima y corrió. Entonces el otro pibe que estaba armado empezó a tirar disparos para todos lados, pero estaba tan drogado que le dio a la que dirigía la banda, que cayó muerta. Quedaban tres. Yo me escondí detrás del auto, la mujer policía corrió y vino al lado mío. Me sacó el arma y salió disparando. Primero mató al que tenía el revólver. Después al compañero. Y por último ejecutó a la piba que quedaba, que estaba desarmada, con tres tiros en el pecho.

Vino un silencio tan oscuro como esa arboleda de Pompeya, ese martes a la noche. Mi compañera, me gritó que me fuera. Le dije que no. Me volvió a echar, esta vez apuntándome. Entonces me fui, dejándola a ella con los cinco muertos.

Cuando me estaba yendo, pude verla agachada frente a su última víctima. La que bajó con tres tiros. Estaba tocándola con el dedo índice, en el lugar donde la había baleado: el pecho.

Jamás regresé a Pompeya. Ni en colectivo. Ni a pie. Tuve la loca idea de volver a buscarla. Pero solamente quedó esta historia. El cuento de una mujer policía que llevaba una pistola enfundada en el pecho. Y con el dedo índice, recorría las heridas de sus víctimas.

Como si estuviera buscando algo.

Tal vez un corazón.

...

-Mentira...- volví a Pompeya.

Volví porque no me la pude sacar de la cabeza. Pero no la encontré. Ni siquiera sabía su nombre. El suboficial que la acompañaba aquel día en el puente, se llamaba Galíndez; lo recordaba porque vi su placa y relacioné su apellido con el del boxeador. Pero lo habían transferido. Y nadie recordaba haber visto a una mujer policía que llevara una pistola enfundada en el pecho. En realidad, nadie quería decirme nada. Los cinco muertos de aquel martes a la noche, no aparecieron en ningún lado.

Y uno era mío.

Mientras averiguaba, me asaltaron en la esquina de Enrique Ochoa y Ventura de la Vega; justo enfrente de la calesita. No me robaron nada, tampoco me pegaron. Una piba, de 18 o 19 años, me puso un revólver en la boca, mientras otros dos pibes me tomaban de los brazos. Con el revólver todavía en la boca, la piba me gritó al oído que me fuera y no volviera a Pompeya. Pero cuando vio mi camisa abierta, retrocedió. Pensé que era por mi vieja herida, pero no fue por eso. Me soltaron. Y la piba disparó varios tiros al aire.

Después salieron corriendo.

Antes de abandonar Pompeya para siempre, supe que el filete que estaba pintado en la calesita era para Patito. El tipo que nos asaltó en Av. Rabanal y Bonorino.

Era un homenaje de su banda, al dueño de la calesita.

El tipo que yo había matado.

También supe que en la calesita dejaba pasar gratis a madres y pibes pobres, muy pobres.

Después les ofrecía ropa y comida. Bebida. Paco y armas. Con la calesita, Patito reclutaba.

Todos lo sabían. Cada vez que Patito daba la sortija, había elegido un nuevo integrante de la banda. Parece una joda, pero no. Era así.

Ahora la sortija la tenía yo. Se la había arrancado. Por eso la piba se asustó cuando la vio colgada en mi cuello.

Se dio cuenta que había liquidado a su jefe.

Si alguna vez tuve un cargo de conciencia. Ya no.

Eliminé a Patito. Flor de hijo de puta.

Y a esa mujer policía, que llevaba la pistola enfundada en el pecho, jamás la pude olvidar.


Publicación autorizada a LADOBERLIN.COM


 

© 2020 Periplar.com


Entradas Recientes

Ver todo

BIO