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  • Sergio Saad

PUNTAS

Actualizado: ene 16

A los dos años, Laura no podía elegir. Le gustaba esa corona de princesa y se divertía con su maestra, jugando con esa pelota gigante. A los siete años, Laura bailaba: le dolían las rodillas, los codos, transpiraba. Le hubiera gustado hacer patín artístico, como su mejor amiga, pero no la dejaron. La tiara comenzó a molestarle. Y su mamá le decía que no podía comer ni una sola golosina. A los doce años, le dolían los dedos de los pies por las puntas. Una tortura. El tutú le parecía ridículo y soñaba con jugar al fútbol, pero tampoco fue posible; esta vez por los golpes. Cuando cumplió 18, se escapó. Durante varios meses, nadie supo nada de ella. Laura aprendió capoeira en Brasil, tango en Argentina y vallenato en Colombia. Bailaba con una gracia pocas veces vista. Gracias al sueño de su madre, Laura cumplió su propio sueño: triunfar como bailarina. Lástima que nunca se lo pudo contar, porque jamás la volvió a ver. No tiene fotos de ella, ni ningún otro recuerdo. Salvo esas puntas de niña, colgadas en su camerín, que se pone cuando la extraña. Un rato, nada más... aunque le duelan.

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